Caracas, 22 de julio de 2018

Terminó el mes del fútbol. El mismo que mantuvo al mundo sumido entre las peripecias que se desarrollaban en un campo de 100m, pateando una bola de 70cm. El mundial se celebró en Rusia, sitio que se lució como gran anfitrión pese a las altas tensiones internacionales. Hasta amenazas terroristas recibió, las cuales demostró neutralizar con gran peripecia en medio de un espectáculo que puso sobre sí los ojos del mundo. Por ello, salvo la invasión de las Pussy Riots en pleno final, el mundial Rusia 2018 fue todo un éxito.

Confieso no ser un seguidor de este deporte. De hecho, pocas cosas me generan tan poca emoción como un juego tan arcaico como el Ts’u Chu (o “patear la pelota”, en chino antiguo), algo que se viene practicando desde el siglo tercero antes de Cristo, en la China de la dinastía Han. No obstante, cuando se trata de un mundial todo cambia. Sé que hablo por muchos que tampoco son fieles apóstoles del balón pie, pero que también se enfocan en el mundial como si se tratara de una guerra pacífica entre países. El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios; o de la política, si se quiere. Recogía, de hecho, Màrius Carol en artículo para La Vanguardia, lo que Paul Auster escribía sobre este deporte: “el fútbol es un milagro que permitió a Europa odiarse sin destruirse”. Si bien tienen toda la vida haciéndolo, imagínense entonces cual hubiera sido la historia de la humanidad de no ser por la existencia del fútbol.

 El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios; o de la política, si se quiere.

Es por ello que reconozco la importancia del mismo. Por desdicha, nosotros nunca hemos tenido el goce de participar en un encuentro de escala mundial; cosa que quizá, de haber sido contrario, nos habría ayudado a ventilar todas las tensiones internacionales que nos causan insomnio. Pero, en ausencia de ello, y para no quedar rezagados, empezamos a buscar algo que apoyar. En mi caso, siempre le he apostado a Francia. No por nada muy específico, ya que carezco de conocimiento en la materia. Sino, quizá, por ser un amante histórico de la Revolución Francesa, y siendo mis ancestros paternos oriundos de allá, opté desde pequeño por irle a Les Bleus.

Volviendo a la final entre Francia y Croacia, cabe señalar varias cosas. Primero, lo pedagógico que puede resultar este deporte. De golpe, todos hablaban de la historia croata con gran experticia. Solo bastaba con oír a los comentaristas para notar cómo despilfarraban conocimiento sobre un país que seguramente antes no habían ni escuchado. En mi caso, pese a no ser un completo ignorante en el tema, me puse a estudiar las mayores -y más evidentes- singularidades sobre el país balcánico. Empezando por su escudo ajedrezado, que representa la victoria del rey Stjepan Drzislav ante un veneciano. Y el cual lució, además, como portada de la Torre Eiffel en conmemoración al adversario.

La Presidenta Kolinda supo capitalizar la simpatía del mundo. Algunos decían que los croatas perdieron la copa, pero ganaron los corazones. Rompiendo todos los protocolos, y vestida con la camisa de la selección, apoyó de manera pasional todo el transcurso del juego; hasta el final cuando se le vio abrazando con fuerza a cada miembro de su bancada para darse ánimos recíprocos ante la derrota sufrida. Macron, por su parte, nació parado. No solo por ser el Presidente más joven de la república francesa (sin contar a Napoleón); tampoco por haber ganado el cargo más alto sin ser un político (y con partido recién fundando), sino por ser el Presidente que se lleva la copa a casa.

Por su parte, el anfitrión, Putin, hizo su mejor papel. Inauguró el evento y luego brilló por su ausencia. Su actitud, cuasi inerte, lo acompañó en las pocas apariciones que hizo. Las palabras -críticas o alabanzas- nada le importaron. Incluso, fue exactamente la misma actitud que tuvo al final cuando entregaba sus congratulaciones a los equipos: en medio de un torrencial aguacero se paraba firme siendo el único que ostentaba un paraguas. Mientras que Macron, Kolinda e Infantino (Presidente de la FIFA) se mojaban descaradamente, el seguía seco; demostrado que las palabras le son como el agua de lluvia, y no lo mojan.

 

 

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