Caracas, 4 de octubre de 2018

 

El halloween es otra de esas festividades que heredamos del proceso cristianizador de la iglesia católica. Lo que fue alguna vez una tradición celta, llamada Samhain, se transformaría por medio de un proceso sincretista dando como resultado lo que hoy en día conocemos como la noche de brujas. Al menos, lo que conocíamos como eso, ya que el halloween de este año fue el menos tenebroso que me ha tocado vivir. La festividad se adoptó como un carnaval y los disfraces eran ricos en diversidad, con una predominante temática no tenebrosa. De hecho, quizá el halloween haya sufrido otro sincretismo producto de la globalización, pasando de ser una celebración esotérica, a un segundo carnaval.

Los disfraces más famosos de este año deambularon -por supuesto- por las pasarelas a manos de celebridades mundiales. De lo que pude ver, casi ninguno daba miedo. Más bien, la esencia pareció ser otra; con unos vestidos de Shrek, otros de astronautas y hasta de figuras de Lego. Abandonando los tradicionales esqueletos, fantasmas, hombres lobo y vampiros, para acoger una vestimenta más variada y colorida. Pudiendo ser una explicación el hecho de que lo que hoy en día despierta nuestros miedos no son leyendas como la Llorona o la Sayona, sino el implacable peso de nuestra terrible realidad.

(…) los fantasmas no matan personas; las personas matan personas.

En una encuesta realizada por el Pew Research Centretitulada: ¿Cuáles son los temores de la gente en el mundo? Y publicada por el diario El País, figuraban tres valores como los más comunes a nivel mundial: el cambio climático, el estado islámico y la inestabilidad económica. Indudablemente, esto varía según el país, estando -para sorpresa de nadie- nuestro temor más grande ubicado en el tercer factor (la incertidumbre económica), los del resto de Sudamerica en el primero (el cambio climático) y los del norte del continente en el segundo (el estado islámico).

Y es que los monstruos de esta noche de brujas se disfrazaron de políticos y los espíritus sobrenaturales de inflación y depreciación. Al menos así fue en nuestro caso, con una inflación comparada solo con la de Alemania de 1923 y la de Zimbabue del 2000, Venezuela espera cerrar el 2018 con 1.000.000% inflacionario, según el FMI. Además, según el mismo organismo, nuestra economía va a decrecer un 18% este año, una contracción superior a la del 2017 que se situó en 16.5%.

Saliendo de nuestra terrorífica realidad, los sustos también se propagan por el continente. Uno muy grande nos lo dimos hace una semana, con la victoria de Jair Bolsonaro como Presidente de Brasil. El Presidente electo es el mismo que le dice a una periodista que no la violaría porque no se lo merece, que un policía que no mata no es un policía, que las protestas de los trabajadores son actos terroristas, que la edad penal ha de reducirse a los 16 años y que el cambio climático básicamente no existe. Todas siendo declaraciones gravísimas; incluyendo la última, sobre todo cuando eres el Presidente del país que tiene 60% de la Amazonia.

Por otra parte, arriba del continente sigue estando Trump. Si bien no es un susto nuevo, nos quita el aliento cada vez que teclea un tuit. Al Este, en Europa, vemos a los movimientos nacionalistas que se caracterizan por el discurso xenófobo y discriminante, a veces confundido como un “patriotismo excelso”. En Italia, por ejemplo, un eurodiputado de la Liga, Angelo Ciocca, pisoteó durante una rueda de prensa –Estrasburgo– el presupuesto de la Comisión de Asuntos Económicos y Financieros de la Unión Europea. Y es que literalmente se quitó el calzado (made in Italy) para proceder con el bochornoso acto frente alcomisario, Pierre Moscovici,periodistas y diputados, a quienes posteriormente llamaría “euroimbéciles”.

Ante un escenario global como el nuestro, es esperable no temerle a los muertos sino a los vivos. Al fin y al cabo, los fantasmas no matan personas; las personas matan personas. Hoy entendemos esto y por eso celebramos a diario nuestro halloween, nuestros miedos, dejando el 31/10 como una fecha para recordar aquello que alguna vez temimos sin compromiso, solo por darnos el gusto de temer.

 

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