Caracas, 21 de mayo de 2023

Dentro de las recomendaciones de cine histórico, siempre doy La Batalla de Argel (1966). Esta película del italiano Pontecorvo, toma lugar pocos años después de la independencia del país y narra los tumultuosos eventos de la lucha contra Francia. De hecho, ve la luz tan sólo 4 años más tarde, siendo así una película hecha por personas que vivieron los acontecimientos. 

Quizá sea por este motivo que la película transmite las pasiones como ninguna otra. Basta con ver a Saadi Yacef, el protagonista, para sentir con intensidad lo que vivía. No en vano, fue el propio Yacef quien interpretó su papel. Lo que demostró que, si bien no sabía nada de actuar, le bastó con interpretarse a sí mismo y a prolongar un poco más la batalla, esta vez para grabarla.

No se trata de un documental, aunque lo parezca, ya que en la época no se estilaban los mismos. Quizá por ello Pontecorvo se buscó a los propios protagonistas de los eventos y los puso a actuar. 

Evidentemente es una película parcializada, que demuestra muy bien a los buenos y malos. Los franceses fueron representados de una manera tan atroz que decidieron prohibir la película durante más de 5 años. Esto sin contar de las amenazas de muerte que recibió Pontecorvo, de mano de ciertos nostálgicos que veían con tristeza el fin del colonialismo francés.

Necesidad

Me vino a la mente la película -y aproveché la oportunidad para recomendarla- ya que hace unas semanas me tropecé con una noticia de un argelino, que nada tiene que ver con los eventos descritos anteriormente.

En Milán, el mes pasado, un ladrón de 29 años le robó la cartera a una turista estadounidense. Con su botín, fue directamente a una tienda de juguetes sexuales a gastar 1.200 euros en artículos. Esto hizo que la turista recibiera dos mensajes de texto a su celular, los cuales guiaron a la policía directamente hacia el ladrón.

Uno pensaría que, un inmigrante como el argelino que perpetró el robo, tendría como principal necesidad el comprar comida o ropa para el frío. Pero las prioridades de algunos son definitivamente distintas a las de otros.

Recuerdo siempre a un estimado profesor que señalaba que las necesidades que afloraron en la época del caracazo, perdían credibilidad con los saqueos de la gente. Criticaba fervientemente el saqueo de Caracas: de sus tiendas de electrodomésticos, de ropa, de calzado, etcétera. Paragonándola con la obra Les Misérables, de Víctor Hugo. Decía que cuándo Jean Valjean se encontraba famélico, veía a través de la vitrina, con baba en boca, unas suculentas hogazas de pan humeante. Esto fue lo que robó y por ello pasó 5 años preso. No fue un televisor, ni una lavadora. Porque el hambre no se cura con un aire acondicionado. Valjean fue coherente con su necesidad, y su delito fue robar comida, siendo su penuria el hambre.

Pero la necesidad, al final de cuentas, es personalísima, pese a que ciertas acciones puedan generarnos suspicacia.

Nota al pie: cárcel por casa

Cuando la consecuencia jurídica es preferida frente al vivir dentro de la comunidad, hay que reevaluar al sistema. En mayo, pero de 2019, Filippo Di Benedetto, un adulto de 38 años se encontraba manejando borracho, lo que lo llevó a un accidente, que le costó la vida a una persona. Hasta aquí, nada particular: lamentablemente los accidentes de tránsito son más comunes -y letales- de lo que se piensa.

La particularidad del caso fue la reacción de Filippo quien, al ofrecérsele asistir a ciertos servicios sociales para conmutar la pena, prefirió la cárcel ya que la otra opción representaba “mucho trabajo”. Esto sin contar que nunca se sacó la licencia, por lo que tendría que participar en los exámenes teórico y práctico.

Desconozco la comodidad de las cárceles italianas, pero seguramente distan de ser un Four Seasons. Pese a ello, es quizá la primera vez que una persona haya optado por “cárcel por casa”.

Cosas insólitas.

@NelsonTRangel

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